14 sept. 2008

¿Culpable, de qué?



El policía escribía los datos de los documentos que tenía en frente, los leía en voz alta y miraba para mí, como si esperase mi confirmación. Yo asentía con la cabeza cuando me miraba.
–Eligio Bonhome (si, si, menudo buen hombre está hecho) Sanfix (y aún encima santo, vaya, vaya) ¿es usted, verdad? el número de carnet…, seguro que no se acuerda, bien, es este, ¡en esta foto no se parece! Vamos a sacarle otras más actuales, de frente y perfil, buscarnos su lado bueno, (riéndose) ese sí que va a ser trabajo duro, Bonhome, lado bueno, ¡asesino!
Me caía mal aquel hombre, se reía de mí ¿qué coño sabía él? si estuviera en mi sitio seguramente haría lo mismo.
Yo quería a mi mujer, seguía enamorado de ella, por eso le dedicaba las veinticuatro horas del día, aunque sabía que hacía tiempo que no se enteraba de nada. Los médicos fueran muy claros conmigo, era como un vegetal.
Me levantaba por la mañana temprano. La sentaba en su silla de ruedas, le sacaba el pañal y lo guardaba en una bolsa para tirar, la lavaba en la bañera, sentada en una banqueta, la secaba bien secadita y le echaba colonia y talco, luego la vertía y volvía a sentarla en su silla de ruedas.
Le hacía el desayuno de leche con cereales y se lo daba con mucho cuidado para que no se ahogara, después la ponía en la ventana de cara a la calle, como a ella le gustaba cuando aún estaba bien.
Mientras, limpiaba la casa, iba a la compra y hacía la comida, luego le daba de comer y más tarde la acostaba un ratito a reposar, era cuando comía yo, fregaba los cacharros, recogía todo y me recostaba en el sofá, para descansar un poco.
A la merienda era más o menos igual que el desayuno, a veces le añadía un poco de miel.
Hacía de cena, una sopa o una crema de verduras que le iba muy bien, luego de dársela, la acostaba, cenaba yo, fregaba los cacharros, limpiaba y recogía todo.
Por fin, me acostaba en la cama de al lado. Así todos los días, no me suponía mucho esfuerzo, estaba fuerte.
Pero el otro día me sentí mal, me dolía el brazo izquierdo y caí al suelo, conseguí levantarme un poco y avisé por teléfono a la vecina para que viniera a ayudarme, ella llamó a una ambulancia y me llevaron al hospital.
El médico me dijo que había sufrido un ataque al corazón, que tenía que descansar y no podía coger peso. Me dio unas pastillas por si me volvía a suceder y me fui para casa.
Cuando llegué, Raquel estaba en su cama y allí la dejé, no podía levantarla. Llamé a Susi, nuestra hija, le hablé de lo que nos pasaba y me contestó que ella y su marido estaban en un trabajo importantísimo en la Amazonia, que les llevaría muchos días llegar y a ver si nos podíamos ir arreglando.
Se me vino el mundo encima, los hijos estaban a lo suyo perdidos por el mundo. Mi mujer necesitaba cuidados y si yo no podía dárselos, ¿quién iba a hacerlo? Nadie, fue la respuesta, no valía la pena seguir viviendo, moriríamos poco a poco. En ese momento pensé seriamente en la muerte. Sí, era la solución a nuestros males. En principio le clavaría un cuchillo, o si no le cortaría la garganta, era lo mismo, ella no se iba a enterar, lo malo era que yo si me enteraba y luego… ¿sería capaz de matarme? tendría que ser algo rápido, debía pensarlo.
Miré una foto antigua que teníamos en el chinero, el marco perdiera color y estaba apolillado, pero las caras estaban nítidas aún, era de cuando éramos novios. ¡Cuánto tiempo hacía! ¡y qué guapa estaba Raquel! a los cinco meses nos casamos.
Fue una vida llena de alegría, nos amábamos con intensidad. Era mi sostén en horas bajas, siempre tenía una palabra para levantar el ánimo.
Cuando llegaba a casa me recibía con una sonrisa y un beso, salvo el día que la encontré tirada en el suelo de la cocina, ese día fatídico en el que murió en vida ¡pena que no llegara a tiempo de recuperarla! ¡cuántos recuerdos me vienen a la memoria! los hijos, ¡qué rápido crecieron! ¡y qué pronto y lejos se fueron todos!
Nosotros seguimos como antes de tenerlos. Dábamos paseos juntos, íbamos al cine, al teatro, a los conciertos, viajábamos… era como antes, pero más viejos.
Y ahora, ¿qué? en este calabozo con una herida estúpida. Ella muerta y yo vivo, por cobarde, por no ser capaz de clavarme el cuchillo, por tener miedo de agonizar y no aguantar el dolor allí tirado, ¿y ella? ¿no estaba tirada también? ¿cómo saber si sentía o no sentía?
Seguro que allá donde esté ya sabe que lo hice porque no sufriera una muerte lenta y dolorosa, y que tampoco sufriera yo por verla así sin poder atenderla.
¿Cómo voy a vivir con este peso? no, no comeré, ni diré nada, si me quieren juzgar, que me juzguen, si me quieren condenar, que me condenen, pero no he de decir ni hacer nada, no podría… ¡espérame amor mío! ¡trataré de llegar a tu lado cuanto antes!


Papeles encontrados en la celda de Eligio Bonhome Sanfix, el día que apareció ahorcado, contaba ochenta años de edad.
Asesino confeso de su esposa Raquel Fernández Acivro, de ochenta y dos años de edad.

2 comentarios:

Dante dijo...

No me canso de releerlo. Terrible y cruel historia, aunque muy real. La desesperación, y la muerte como única salida posible. Doloroso. Cómo juzgarlo entonces? Imposible. Quien quisiera hacerlo tendría que estar en la piel de ese pobre hombre. Excelente relato. Siempre es un gusto pasar por acá. Un abrazo.

Balteu dijo...

Sí, es un suceso real, desfigurado por culpa de las identidades y algo novelado, pero totalmente cierto.
Actualmente la vida es más o menos así por aquí, el tipo de vida que llevamos se presta a estas cosas.
Gracias amigo.
Un abrazo.

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