30 ago. 2012

Rubia con dálmata




Parecían la imagen de la elegancia, la esbelta figura de la mujer se complementaba con el porte del can y sus andares casi al unísono eran un potente imán para las miradas, sin embargo pocos se fijarían en el animal, si era macho o hembra, aunque sí en aquella blancura inundada de manchas negras.
Las dos figuras estilizadas dejaban marcada su silueta en las paredes y en las retinas de los viandantes.
Los que se cruzaban con ella, decían que llevaba el cielo en sus ojos, pero la rubia no podía verlos, caminaba despacio dejando la estela roja de su vestido y el aroma de su perfume, pero solo el perro sabía a dónde iban.

6 abr. 2012

Por una araña



Llevábamos un mes de relaciones y me había invitado a pasar el fin de semana con ella en su casa. En nuestra correspondencia me había incluido varias fotografías suyas, pude comprobar que era muy atractiva, tanto que me llevó a aceptar la invitación por ver si las fotos se correspondían con la realidad y vaya si se correspondían.


Me recibió vestida de forma muy elegante, resaltando sus encantos más de lo que podía suponer, con lo cual a los pocos minutos ya era su más encendido admirador y los besos de la presentación tuvieron continuación después de la comida, pues luego del café quiso que le acompañara a su suite porque quería descansar y dijo que deseaba mostrarme su aposento por si necesitaba buscarla, se esforzó tanto en mostrarme los detalles que no me quedó más remedio que acompañarla en su descanso, puso todo de su parte  para que nos cansáramos antes.

Hicimos el amor en las más extrañas posturas, para mí que era una estudiosa del camasutra y le gustaba ensayar todas las posturas, dormí sin quererlo, rendido de tanto ajetreo y al despertar me levanté sin hacer ruido ni mover nada para no despertarla. Me duché y volví al tálamo en el que ella seguía durmiendo plácidamente, me vestí para irme y puse mis gafas, fue entonces cuando miré su cara y un estremecimiento recorrió mi cuerpo, de su boca sobresalían las largas patas de una araña, juré en aquel instante que nunca más volvería a besarla.

31 ago. 2011

Publicado en Grupo Búho: El lunes, 22 de Noviembre de 2010 11:34 PM Asunto: Re: PENSAR EN BREVE: Nueva convocatoria (" Nacer")

¡Ha nacido!

Me habían dicho que ya era el momento. Tanto mi hija como su pareja no habían querido saber el sexo antes y todos estábamos expectantes por saber si sería niña o niño.
Cuando llegué ya había nacido y reposaba sobre su madre durmiendo. Ella le movió un poco la carita para mostrárnosla y el bebé alzó algo el brazo izquierdo abriendo la mano al tiempo que parecía mirarme, puse mi dedo pulgar en aquella pequeña palma y la cerró cogiéndome y volviendo a ocultar sus ojos.
- Es niña papá – me dijo mi hija mientras yo no sabía qué hacer con mi mano que el bebé no soltaba.

Se llama Noelia y nació el domingo 19 de Junio de 2011

25 oct. 2010

Un microcuento

Nadie escapa a su ley

Decrépito, mal alimentado y cojeando, pasó ante mí mirándome con aire de sospecha. Cada poco volvía hacia atrás la cabeza con desconfianza y musitaba incoherencias de las cuales solo pude entender “me persigue” “no me deja” y movía la cabeza en señal de desacuerdo.
A la mañana siguiente lo encontraron muerto bajo un puente envuelto entre sus harapos, de los cuales sobresalía una nota que decía “Me persigue la sombra de mi pasado, por favor socórranme antes de que me lleve al reino de la oscuridad”
El forense dictaminó que había muerto de sobredosis…, de terror.

11 ago. 2009

El columpio del cedro


Hace algún tiempo, compré esta finca en la que vivo. Está situada en la cabecera de un valle, tal vez por lo cual dispone de un clima benigno, al cobijo de los vientos.

Mi casa tiene enfrente un gran cedro, de una de sus ramas más gruesas cuelga un columpio, al que yo mismo reforcé la sujeción para asegurarme de que no hubiera riesgo de accidentes.

Desde que vivo aquí, he fijado mi vista de vez en cuando, en ese artesanal trapecio, hecho con una sencilla tabla de madera y he observado que se mecía, casi siempre de forma imperceptible y alguna otra vez de manera más agitada, esto me llamó la atención y me acerqué a él, pero su movimiento cesaba, por lo que pensé que podía ser una racha de viento que soplara cuando lo miraba.

Pero hace seis días, cuando fui a hacer la limpieza de mi cuarto, al retirar la cortina, la vi allí. Una chiquilla con coletas y de una edad indefinida por mí, oscilaba a buen ritmo y me miraba sonriendo, mas cuando abrí la ventana, ya no estaba. Me quedé pensativo un buen rato preguntándome qué sería aquello, cavilé que el sol en el cristal y mi imaginación, me hacían ver alucinaciones, como no encontré otra explicación, seguí con mi trabajo diario.

Al día siguiente, la aparición volvió a mostrarse, de esta vez quise asegurarme de que lo que fuera aquello, no se iría por mi precipitación, así que, no toqué las cortinas y la miré a través de estas. La muchacha que se balanceaba, no parecía la misma, esta tenía constitución de mujer, aunque las coletas, la mirada y la sonrisa, parecían las mismas. La ropa que tenía puesta, parecía de otra época, llevaba un vestido de color naranja, que alcanzaba hasta los zapatos, con una especie de puntilla ancha de color blanco: en el escote, que no impedía ver su exuberante pecho, en las mangas que terminaban a mitad del antebrazo y en tres bandas que envolvían su cuerpo, en la cintura y dos más abajo, también tenía un bolsillo a cada lado, rematado en la entrada con esa blonda albina.

El hecho de que siguiera sonriendo con la mirada puesta en el ventanal, me hizo sospechar que seguramente sabía que le estaba mirando, por lo que decidí hacerle una visita, abrí la puerta para ir a su encuentro, pero ya no estaba o al menos, no la veía, pensando que podía estar igual pero no a mi vista, me acerqué y pasé mi mano por la tabla, como no noté nada, me senté.

- Está ocupado, es mío y un caballero no le hace eso a una dama.

Su voz sonó extraña, lejana y me asustó, bajé y me puse a un lado viendo como el columpio se bamboleaba.

- Soy el actual propietario, ¿quién eres tú?

Le dije recuperando la compostura y el ánimo.

Entonces volvió a mostrarse con aquella sonrisa que parecía provocadora y retándome con su mirada, habló.

- Soy Amara Matilde Friedrich von Meusebach, mi padre le mandó a Esteban el jardinero que me hiciera este columpio.

Al instante desapareció y el artefacto aquel de madera dejó de moverse, esperé un momento por si volvía a aparecer, pero se había ausentado y decidí ir a la Cámara de la Propiedad a verificar si la finca tuviera un propietario con esos apellidos.

El funcionario que me atendió parecía muy eficiente, pues enseguida localizó un documento con los datos, me explicó que al tener el archivo por orden alfabético, era muy fácil y como ese apellido no era propio de esta zona estaba resaltado.
En aquella documentación se leía que el señor Georg August Friedrich von Meusebach, había comprado la finca en el año 1906 y la había vendido a Don Evencio Veiga Fonte en el año 1933, como lo que seguía a continuación no me interesaba, le di las gracias al hombre que me atendió y volví a mi casa.

No podía sacarme de la cabeza la imagen de aquella espectral Amara Matilde. Cuando llegué, miré para el árbol y como no había rastro de la aparición, me metí en la casa y traté de recuperar el tiempo perdido con el trabajo que tenía atrasado. A la noche miré un buen rato la televisión y como el sueño me amodorraba, me fui para cama, no sin antes echarle una ojeada al cedro, todo parecía normal y me acosté.

Al otro día, al levantarme ya la vi, me hizo una seña con la mano, para que fuera a donde ella estaba, me coloqué en un lado, mientras se seguía meciendo. Me di cuenta que sus facciones no eran las mismas, ahora parecía de más edad, quizás cercana a los treinta años, pero estaba igualmente bella, tenía una cabellera rubia hasta los hombros, cubierta con un sobrero de paja con cintas de colores, llevaba un vestido de corte parecido al del otro día, este era de color verde muy claro, con florecillas y hojas de diversos colores, no tenía puntillas, ni bolsillos y sí el escote apretado del que sobresalían parte de sus senos y tapaba sus piernas, dejando ver algo sus pies encajados en unos zapatos negros.

- Hoy es un día de mucho calor.

Dijo con aquella voz, que parecía venir de otro lugar más alejado y me sonrió con picardía.

- Quizás necesite refrescar mi pecho.

Y soltó una escalofriante carcajada.

- Me casé aquí con Carl Gustav, antiguo compañero del instituto en Múnich, mis padres tuvieron la brillante idea, de que en vez de irnos nosotros de viaje de luna de miel, como mi novio acababa de llegar y ellos sentían una gran añoranza por su querida Alemania, se irían ellos, dejándonos la hacienda, para que viviéramos como matrimonio desde el primer día.

Escuchaba atento lo que decía sin atreverme a decir nada, ni moverme, prosiguió.

- Ellos murieron en ese viaje cuando visitaban la ciudad de Bremen, un coche de caballos se les echó encima y quedaron destrozados. Carl no fue capaz de consolarme y yo busqué el sosiego para mi alma atormentada, en mis amigos, ellos decían que no podían escapar a mis encantos y yo necesitaba los suyos. Me vine para aquí huyendo de las amenazas de mi marido, mis amigos venían a consolarme. Mi esposo apareció una noche que yacía con uno de mis amantes y acabó con nuestras vidas, se llevó todas sus cosas y a los niños para Alemania, pero ninguno de ellos era hijo suyo.

Volvió a lanzar aquella estremecedora carcajada y desapareció.

Ayer cuando desperté a las seis de la mañana, mis cabellos, todo el vello de mi cuerpo estaba erizado por el miedo. Había tenido un sueño erótico con la criatura fantasmal. Todo iba bien hasta el momento crucial de la penetración; aquella hermosa mujer estaba conmigo en mi cama, comportándose como una ardorosa amante, invitándome a consumar el acto y cuando este se iba a producir, desperté sobre aquel espantajo, que en breves décimas de segundo, paso de parecer carne viva a desaparecer por completo, mostrándome antes en secuencias fulgurantes, la descomposición del cuerpo, desapareciendo su piel y su carne, mostrándome los huesos, para convertirse estos en polvo, que terminó desvaneciéndose, mientras el eco de una risa que se alejaba, martilleaba mi cabeza.

Estoy recogiendo mis cosas para irme a un hotel, porque me han dicho que quien tiene estas relaciones con la muerte, acaba en los confines de su morada, por lo tanto, si veis que no aparezco por algún tiempo… tal vez se deba a que he sucumbido a su reto.

19 jul. 2009

Una foto


La foto que tomé hace un rato en el café de la Engracia, tiene su aquel de simpática, ahora que la veo recién revelada y recordando el cuadro.
El Eustaquio, escuadrado sobre la barra y con la cabeza inclinada por el peso de la moña de ayer. Seguro que la tenía aún llena de niebla alcohólica ¡más parecía un saco de patatas, que persona humana!
La Engracita, ella solícita y amable haciendo gala de una docilidad pasmosa, hoy sí. Yendo y viniendo, de la cafetera a detrás de la barra, para atender a su hombre ¡que no quería tomar nada! Que el pobre quedó muy desmejorado de la tremenda tajada que se agarró.
¿Y que se le ocurre a la niña? Pues nada, como su maridito solo toma chupitos, va y le pone ese dedal de cristal y se lo llena de agua de carabaña, de infusión de melisa, de menta y de cola de caballo, para mejorar el hígado y los riñones, dice.
Y el muermo ese, que ayer aguanto carros y carretas de la chiquilla, que lo más fino que le dijo fue ¡borracho rechumido, hijo de una cerda inútil! ¡y como ahora hicieron las paces y se lo da su amorcito! ¡se bebe lo que le eche! Eso sí, en chupito y ahí tienes ese pedazo de tía, moviendo esas caderas las veces que sea, mostrándose reticente en que su cariñín beba hasta la última gota de sus mejunjes, para que le limpie bien las tripas.
Y la verdad, me quedó de postal, la fotica, voy a enseñársela.

7 mar. 2009

Vivir, vivir

Según el estado latente de mis extremidades y a pesar de que en todos sus términos la hoja perenne debía aún pendular y no es el caso, debo hacer un somero cálculo, para saber las probabilidades de éxito que tengo, pues por pueril e injustificado que parezca mí diagnostico, de la situación intrínseca del momento, de seguir bajo los auspicios de las repetidas tormentas, es que corro el serio peligro de dar con todo mi cuerpo en tierra y la verdad, no me satisface en absoluto, así es que he jurado por mi honor, que trataría de revitalizar todo este organismo que sostengo y a tal fin, he lanzado mis remates subterráneos, en la búsqueda de los nutrientes necesarios, para que cuanto antes comiencen a brotar esos renuevos, que alegren el corazón de los mortales y a mí me den la prestancia precisa.
Noto bajo mi planta, que el terreno se ha vuelto esponjoso y tolerante con el desplegar de mis fibras. Que el follaje otrora impávido y perpetuo, comienza de nuevo a luchar por abrirse al sol y hasta me parece escuchar otra vez, el trinar de los pajarillos que acostumbraban a montar su hogar aquí. Quizá esos mismos que picotean la verdura, quieran anidar en mí. Tal vez en algún lugar del manuscrito de la vida esté escrito, que ésta será siempre posible, si mantenemos el equilibrio con nuestra madre Naturaleza.

17 dic. 2008

Nobleza, la de los caballos

La señora Carmen venía de tender a secar la ropa, y al pasar por delante de la habitación de su hijo, escuchó unos sollozos, empujó la puerta y vio al chiquillo tendido sobre la cama, llorando.
Se acercó, y poniendo su mano sobre la espalda de aquel, le preguntó qué le pasaba. El niño, le dijo que Raulito, su amigo de siempre, le había traicionado. Ella, le pidió que se diera la vuelta y le mirara, entonces le habló.
- Vamos hijo, ¿no sería un malentendido? Cuéntame cómo sucedió.
Nico, que así llamaban al pequeño, le explicó a su madre que Raulito lo había llamado desde el portal pidiéndole que bajara. Así lo hizo y cuando traspasó la puerta, lo atraparon entre varios chicos, burlándose de él por caer en la trampa y dándole una zurra.
- Bueno hombre, sería jugando, no tienes golpes ni sangre – indicó su madre, tratando de apaciguar los ánimos – a esos niños les gustan las peleas, pero parece que no te hicieron mucho daño, ¿o te duele algo?
El crío mirando a su madre, dijo:
- No mamá, los golpes no me hicieron daño, lo que me duele, es que se burlaran de mi, especialmente Raulito, al que creía mi amigo y que se reía con los demás. Me solté de los otros, le di un tortazo a él y escapé para aquí. No le volveré a hablar en mi vida.
- ¡Ay hijo mío!, no se puede andar así por la vida. Es que tú, como los caballos, eres muy noble.
Nico, miró a su madre con cara de asombro y entonces ella, pasándole una mano cariñosamente por la cabeza, le dijo:
- Siéntate y espera un poco que voy a traer unos libros, ya verás…
Y salió de la estancia regresando al poco rato con unos cuantos libros en los brazos. Se los puso sobre la cama y le explicó.
- Vete leyendo que yo tengo mucho que hacer. Estos libros te cuentan como es la vida de los caballos, desde que eran salvajes hasta que fueron domados y cómo fueron siempre animales queridos por los hombres, no solo por su ayuda en el trabajo, sino por su comportamiento en momentos difíciles, llegando incluso a arriesgar la propia vida por sus amos. Lee y verás cómo, además, te irás encontrando mejor.
Y allí quedó Nico leyendo y aprendiendo cómo los griegos y romanos trataban a sus caballos, cómo lo hacían los hunos de Atila, o los apaches de Toro Sentado.
Leyó hasta quedarse dormido y, seguro que soñó con la nobleza de los caballos.

5 oct. 2008

Doctora Bertilde, Dentista



Bertilde, era una de esas estudiantes aventajadas que luego de acabar la carrera en su país, quería convalidar estudios en la Madre Patria, aunque para ello hubiera que seguir estudiando un par de años más, pese a demostrar sobrados conocimientos. Reconocía que su currículum se vería más valorado con este titulo.
En Quivachú, aldea situada a ciento veinte quilómetros de Quito, le habían preparado una clínica, no era nada del otro mundo, pero les había pedido que ya que se la construían, no importaba como fuera, eso si limpia, muy limpia. Ya tenía una cola de clientes formada por sus vecinos. Realmente todos los del pueblo necesitaban su ayuda, la coca, el tabaco y otras porquerías que se llevaban a la boca destrozaban sus dentaduras desde el más pequeño al anciano. No era el tipo de clientela deseable por cualquiera odontólogo de ciudad (mucho trabajo y poco dinero) no obstante, valoraba sobre todo la cantidad de trabajo y pensaba que en cuanto se enteraran en las aldeas vecinas, aumentarían los clientes y tendría que añadir ayudantes y espacio para recibirlos. Pensó que ese era el “Cuento de la lechera” pero ¿que tenía de malo soñar?
El tiempo entre la universidad y la residencia de estudiantes se pasaba rápidamente, el de las prácticas en las diferentes clínicas odontológicas, que voluntariamente se habían ofrecido a enseñarles sus conocimientos, se le hacía corto. En una de ellas, la de los doctores Fernández y Vega (constituían una pareja de médicos jóvenes, con gran inquietud por aprender más) le ofrecieron trabajo retribuido, al igual que a su compañero de curso Miguel.
Miguel era un joven estudiante nacido en Rus, un pueblo de Carballo, en la provincia coruñesa, considerado un “chapón” vivía para y por su carrera.
Al comienzo del curso iba y venía todos los días de casa de sus padres a la universidad en su utilitario, pero al empezar las prácticas regresaba muy tarde y sus padres inquietos por miedo a un accidente de carretera, le dijeron que era mejor que se quedara a dormir en la ciudad y fuera a casa los fines de semana.
La relación con Bertilde se hizo más estrecha con el trabajo que les ofrecieran (pasaban muchas horas juntos) hablaban de las técnicas, de las clases, de todo lo relacionado con su trabajo, se saludaban y se despedían todos los días casi sin darse cuenta del tiempo que consumían codo con codo.
Un día Fernández y Vega o Cristina y Fabio, como les habían dicho que les llamaran, les informaron que debían ausentarse quince días, que habían pospuesto las intervenciones que entrañaban más dificultad y que el trabajo que quedaba era sencillo y lo habían realizado otras veces con sobrada competencia, por lo tanto los dejaban al frente de la clínica mientras ellos acudían a un simposio en Paris.
Los días transcurrían sin problemas para Bertilde y Miguel, que acudían a la clínica en su horario acostumbrado tal como tenían establecido en las citas.
A solo tres fechas para la vuelta de Cristina y Fabio, esa tarde llegó sin cita previa una paciente con un fuerte dolor de muelas, la atendieron urgentemente, pero hubieron de darle cita para el día siguiente a última hora de la mañana, por su horario de clase. Ese día atendieron a la mujer y luego debían ir a comer para regresar pronto para atender otras citas, aliviada la paciente, Bertilde y Miguel se miraron un instante y decidieron comer juntos en un restaurante próximo, ese día se vieron como mujer y hombre, empezaron a conocerse, acabado el trabajo de tarde se fueron a cenar, luego tomaron unas copas en una disco y bailaron.
A la mañana siguiente al despertar Bertilde, se dio cuenta que aquella no era su habitación y no tenía muda, se volvió hacia Miguel y le dijo que debía marcharse urgentemente, pues tenía que pasar por su alcoba antes de ir a clase, que hablarían más tarde, se arregló como pudo y salió rápidamente.
A Bertilde y Miguel se les hacían pocas las horas que pasaban juntos, decidieran que en acabando el trabajo cerrarían paréntesis hasta el día siguiente, luego tendrían su tiempo, sería intimo, personal y pasaron a vivir juntos.
Miguel le propuso casarse, un fin de semana la llevaría a su tierra le presentaría a sus padres, sin prisas, cuando quisiera, ya les había hablado de ella y estaban deseando conocerla.
Bertilde estaba encantada, embobada, estaban acabando la carrera, todos estaban muy contentos con ellos, dos alumnos modélicos, dos nuevos odontólogos hábiles e inteligentes, tenían un futuro brillante, su clínica no se conocería por sus apellidos, no, pondría Bertilde y Miguel dentistas.
En Quivachú, estaban pensando a que iban a dedicar aquella casita que construyeran, ¡con el trabajo que cuesta criar un hijo! y ¿qué quiera ser dentista? y ¿qué salga? ¡pasarán años! decían las gentes.
Eligieron el fin de semana, el viernes hicieran el amor toda la noche, en el último coito Bertilde apuró a Miguel echándosele encima y haciendo casi todo el trabajo, el no tuvo tiempo de ponerse el preservativo, ella lo tenía planeado, quería un hijo de Miguel cuanto antes, era su secreto.
El sábado se levantaron más tarde de lo planeado, desayunaron rápidamente y salieron veloces en el Ibiza, no querían hacerse esperar. No llegaron a su destino, un poco antes del cruce de Sabón, un camión con remolque cargado de hierros se les echó encima invadiendo el carril, Miguel quiso esquivarlo, pero solo consiguió que le diera de lleno destrozándolo, murió instantáneamente, Bertilde fue llevada al sanatorio en estado de shock, tenía algún golpe y pequeñas heridas, la maniobra de Miguel probablemente la había salvado.
La muchacha permaneció ingresada en observación y recuperándose de sus heridas, sus padres vinieron a buscarla y la visitaron mientras estaba convaleciente, Cristina y Fabio le llevaron el diploma y ellos fueron los encargados de darle la mala noticia que ella aún no sabía. Fue un mal día, lloró desesperadamente, todo el tiempo, toda la noche y a pesar de las lágrimas hubiera besado su vientre si a el llegara, pero se lo guardó para si, era su secreto.
Cristina y Fabio le propusieron que se quedara en su clínica, pero ya estaba decidida a volver a su tierra, tenía una cola de pacientes esperándola.
Doctora Bertilde, reza en su humilde placa de madera pintada a la puerta de la casita construida para ser su clínica, tiene mucho trabajo, pero de vez en cuando se acerca a la puerta y vigila los juegos de un pequeñuelo que se divierte con los otros niños del lugar.

14 sept. 2008

¿Culpable, de qué?



El policía escribía los datos de los documentos que tenía en frente, los leía en voz alta y miraba para mí, como si esperase mi confirmación. Yo asentía con la cabeza cuando me miraba.
–Eligio Bonhome (si, si, menudo buen hombre está hecho) Sanfix (y aún encima santo, vaya, vaya) ¿es usted, verdad? el número de carnet…, seguro que no se acuerda, bien, es este, ¡en esta foto no se parece! Vamos a sacarle otras más actuales, de frente y perfil, buscarnos su lado bueno, (riéndose) ese sí que va a ser trabajo duro, Bonhome, lado bueno, ¡asesino!
Me caía mal aquel hombre, se reía de mí ¿qué coño sabía él? si estuviera en mi sitio seguramente haría lo mismo.
Yo quería a mi mujer, seguía enamorado de ella, por eso le dedicaba las veinticuatro horas del día, aunque sabía que hacía tiempo que no se enteraba de nada. Los médicos fueran muy claros conmigo, era como un vegetal.
Me levantaba por la mañana temprano. La sentaba en su silla de ruedas, le sacaba el pañal y lo guardaba en una bolsa para tirar, la lavaba en la bañera, sentada en una banqueta, la secaba bien secadita y le echaba colonia y talco, luego la vertía y volvía a sentarla en su silla de ruedas.
Le hacía el desayuno de leche con cereales y se lo daba con mucho cuidado para que no se ahogara, después la ponía en la ventana de cara a la calle, como a ella le gustaba cuando aún estaba bien.
Mientras, limpiaba la casa, iba a la compra y hacía la comida, luego le daba de comer y más tarde la acostaba un ratito a reposar, era cuando comía yo, fregaba los cacharros, recogía todo y me recostaba en el sofá, para descansar un poco.
A la merienda era más o menos igual que el desayuno, a veces le añadía un poco de miel.
Hacía de cena, una sopa o una crema de verduras que le iba muy bien, luego de dársela, la acostaba, cenaba yo, fregaba los cacharros, limpiaba y recogía todo.
Por fin, me acostaba en la cama de al lado. Así todos los días, no me suponía mucho esfuerzo, estaba fuerte.
Pero el otro día me sentí mal, me dolía el brazo izquierdo y caí al suelo, conseguí levantarme un poco y avisé por teléfono a la vecina para que viniera a ayudarme, ella llamó a una ambulancia y me llevaron al hospital.
El médico me dijo que había sufrido un ataque al corazón, que tenía que descansar y no podía coger peso. Me dio unas pastillas por si me volvía a suceder y me fui para casa.
Cuando llegué, Raquel estaba en su cama y allí la dejé, no podía levantarla. Llamé a Susi, nuestra hija, le hablé de lo que nos pasaba y me contestó que ella y su marido estaban en un trabajo importantísimo en la Amazonia, que les llevaría muchos días llegar y a ver si nos podíamos ir arreglando.
Se me vino el mundo encima, los hijos estaban a lo suyo perdidos por el mundo. Mi mujer necesitaba cuidados y si yo no podía dárselos, ¿quién iba a hacerlo? Nadie, fue la respuesta, no valía la pena seguir viviendo, moriríamos poco a poco. En ese momento pensé seriamente en la muerte. Sí, era la solución a nuestros males. En principio le clavaría un cuchillo, o si no le cortaría la garganta, era lo mismo, ella no se iba a enterar, lo malo era que yo si me enteraba y luego… ¿sería capaz de matarme? tendría que ser algo rápido, debía pensarlo.
Miré una foto antigua que teníamos en el chinero, el marco perdiera color y estaba apolillado, pero las caras estaban nítidas aún, era de cuando éramos novios. ¡Cuánto tiempo hacía! ¡y qué guapa estaba Raquel! a los cinco meses nos casamos.
Fue una vida llena de alegría, nos amábamos con intensidad. Era mi sostén en horas bajas, siempre tenía una palabra para levantar el ánimo.
Cuando llegaba a casa me recibía con una sonrisa y un beso, salvo el día que la encontré tirada en el suelo de la cocina, ese día fatídico en el que murió en vida ¡pena que no llegara a tiempo de recuperarla! ¡cuántos recuerdos me vienen a la memoria! los hijos, ¡qué rápido crecieron! ¡y qué pronto y lejos se fueron todos!
Nosotros seguimos como antes de tenerlos. Dábamos paseos juntos, íbamos al cine, al teatro, a los conciertos, viajábamos… era como antes, pero más viejos.
Y ahora, ¿qué? en este calabozo con una herida estúpida. Ella muerta y yo vivo, por cobarde, por no ser capaz de clavarme el cuchillo, por tener miedo de agonizar y no aguantar el dolor allí tirado, ¿y ella? ¿no estaba tirada también? ¿cómo saber si sentía o no sentía?
Seguro que allá donde esté ya sabe que lo hice porque no sufriera una muerte lenta y dolorosa, y que tampoco sufriera yo por verla así sin poder atenderla.
¿Cómo voy a vivir con este peso? no, no comeré, ni diré nada, si me quieren juzgar, que me juzguen, si me quieren condenar, que me condenen, pero no he de decir ni hacer nada, no podría… ¡espérame amor mío! ¡trataré de llegar a tu lado cuanto antes!


Papeles encontrados en la celda de Eligio Bonhome Sanfix, el día que apareció ahorcado, contaba ochenta años de edad.
Asesino confeso de su esposa Raquel Fernández Acivro, de ochenta y dos años de edad.
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