11 ago. 2009

El columpio del cedro


Hace algún tiempo, compré esta finca en la que vivo. Está situada en la cabecera de un valle, tal vez por lo cual dispone de un clima benigno, al cobijo de los vientos.

Mi casa tiene enfrente un gran cedro, de una de sus ramas más gruesas cuelga un columpio, al que yo mismo reforcé la sujeción para asegurarme de que no hubiera riesgo de accidentes.

Desde que vivo aquí, he fijado mi vista de vez en cuando, en ese artesanal trapecio, hecho con una sencilla tabla de madera y he observado que se mecía, casi siempre de forma imperceptible y alguna otra vez de manera más agitada, esto me llamó la atención y me acerqué a él, pero su movimiento cesaba, por lo que pensé que podía ser una racha de viento que soplara cuando lo miraba.

Pero hace seis días, cuando fui a hacer la limpieza de mi cuarto, al retirar la cortina, la vi allí. Una chiquilla con coletas y de una edad indefinida por mí, oscilaba a buen ritmo y me miraba sonriendo, mas cuando abrí la ventana, ya no estaba. Me quedé pensativo un buen rato preguntándome qué sería aquello, cavilé que el sol en el cristal y mi imaginación, me hacían ver alucinaciones, como no encontré otra explicación, seguí con mi trabajo diario.

Al día siguiente, la aparición volvió a mostrarse, de esta vez quise asegurarme de que lo que fuera aquello, no se iría por mi precipitación, así que, no toqué las cortinas y la miré a través de estas. La muchacha que se balanceaba, no parecía la misma, esta tenía constitución de mujer, aunque las coletas, la mirada y la sonrisa, parecían las mismas. La ropa que tenía puesta, parecía de otra época, llevaba un vestido de color naranja, que alcanzaba hasta los zapatos, con una especie de puntilla ancha de color blanco: en el escote, que no impedía ver su exuberante pecho, en las mangas que terminaban a mitad del antebrazo y en tres bandas que envolvían su cuerpo, en la cintura y dos más abajo, también tenía un bolsillo a cada lado, rematado en la entrada con esa blonda albina.

El hecho de que siguiera sonriendo con la mirada puesta en el ventanal, me hizo sospechar que seguramente sabía que le estaba mirando, por lo que decidí hacerle una visita, abrí la puerta para ir a su encuentro, pero ya no estaba o al menos, no la veía, pensando que podía estar igual pero no a mi vista, me acerqué y pasé mi mano por la tabla, como no noté nada, me senté.

- Está ocupado, es mío y un caballero no le hace eso a una dama.

Su voz sonó extraña, lejana y me asustó, bajé y me puse a un lado viendo como el columpio se bamboleaba.

- Soy el actual propietario, ¿quién eres tú?

Le dije recuperando la compostura y el ánimo.

Entonces volvió a mostrarse con aquella sonrisa que parecía provocadora y retándome con su mirada, habló.

- Soy Amara Matilde Friedrich von Meusebach, mi padre le mandó a Esteban el jardinero que me hiciera este columpio.

Al instante desapareció y el artefacto aquel de madera dejó de moverse, esperé un momento por si volvía a aparecer, pero se había ausentado y decidí ir a la Cámara de la Propiedad a verificar si la finca tuviera un propietario con esos apellidos.

El funcionario que me atendió parecía muy eficiente, pues enseguida localizó un documento con los datos, me explicó que al tener el archivo por orden alfabético, era muy fácil y como ese apellido no era propio de esta zona estaba resaltado.
En aquella documentación se leía que el señor Georg August Friedrich von Meusebach, había comprado la finca en el año 1906 y la había vendido a Don Evencio Veiga Fonte en el año 1933, como lo que seguía a continuación no me interesaba, le di las gracias al hombre que me atendió y volví a mi casa.

No podía sacarme de la cabeza la imagen de aquella espectral Amara Matilde. Cuando llegué, miré para el árbol y como no había rastro de la aparición, me metí en la casa y traté de recuperar el tiempo perdido con el trabajo que tenía atrasado. A la noche miré un buen rato la televisión y como el sueño me amodorraba, me fui para cama, no sin antes echarle una ojeada al cedro, todo parecía normal y me acosté.

Al otro día, al levantarme ya la vi, me hizo una seña con la mano, para que fuera a donde ella estaba, me coloqué en un lado, mientras se seguía meciendo. Me di cuenta que sus facciones no eran las mismas, ahora parecía de más edad, quizás cercana a los treinta años, pero estaba igualmente bella, tenía una cabellera rubia hasta los hombros, cubierta con un sobrero de paja con cintas de colores, llevaba un vestido de corte parecido al del otro día, este era de color verde muy claro, con florecillas y hojas de diversos colores, no tenía puntillas, ni bolsillos y sí el escote apretado del que sobresalían parte de sus senos y tapaba sus piernas, dejando ver algo sus pies encajados en unos zapatos negros.

- Hoy es un día de mucho calor.

Dijo con aquella voz, que parecía venir de otro lugar más alejado y me sonrió con picardía.

- Quizás necesite refrescar mi pecho.

Y soltó una escalofriante carcajada.

- Me casé aquí con Carl Gustav, antiguo compañero del instituto en Múnich, mis padres tuvieron la brillante idea, de que en vez de irnos nosotros de viaje de luna de miel, como mi novio acababa de llegar y ellos sentían una gran añoranza por su querida Alemania, se irían ellos, dejándonos la hacienda, para que viviéramos como matrimonio desde el primer día.

Escuchaba atento lo que decía sin atreverme a decir nada, ni moverme, prosiguió.

- Ellos murieron en ese viaje cuando visitaban la ciudad de Bremen, un coche de caballos se les echó encima y quedaron destrozados. Carl no fue capaz de consolarme y yo busqué el sosiego para mi alma atormentada, en mis amigos, ellos decían que no podían escapar a mis encantos y yo necesitaba los suyos. Me vine para aquí huyendo de las amenazas de mi marido, mis amigos venían a consolarme. Mi esposo apareció una noche que yacía con uno de mis amantes y acabó con nuestras vidas, se llevó todas sus cosas y a los niños para Alemania, pero ninguno de ellos era hijo suyo.

Volvió a lanzar aquella estremecedora carcajada y desapareció.

Ayer cuando desperté a las seis de la mañana, mis cabellos, todo el vello de mi cuerpo estaba erizado por el miedo. Había tenido un sueño erótico con la criatura fantasmal. Todo iba bien hasta el momento crucial de la penetración; aquella hermosa mujer estaba conmigo en mi cama, comportándose como una ardorosa amante, invitándome a consumar el acto y cuando este se iba a producir, desperté sobre aquel espantajo, que en breves décimas de segundo, paso de parecer carne viva a desaparecer por completo, mostrándome antes en secuencias fulgurantes, la descomposición del cuerpo, desapareciendo su piel y su carne, mostrándome los huesos, para convertirse estos en polvo, que terminó desvaneciéndose, mientras el eco de una risa que se alejaba, martilleaba mi cabeza.

Estoy recogiendo mis cosas para irme a un hotel, porque me han dicho que quien tiene estas relaciones con la muerte, acaba en los confines de su morada, por lo tanto, si veis que no aparezco por algún tiempo… tal vez se deba a que he sucumbido a su reto.
Website Translation

El arco iris del Autismo

Seguidores